De pronto se levantó. Y sin quitar la mirada de la mía se
acercó hacia mí, lento. Sin parar de caminar y de apartar la mirada, evitaba a
las personas que estaban entre él y yo. Mi aliento se esfumó. Apenas podía
respirar.
Se estaba acercando. Cada vez está más cerca. Creo que estoy
temblando. Se para a pocos centímetros de mí. Es alto, bastante más que yo, y
desde todo lo alto que él era me miró fijamente a los ojos. Estaba muy serio,
marcando mandíbula, pero de pronto sonrío de lado. Esa sonrisa que me encanta
tanto. Y entre sonrisas me dijo “¿A dónde quieres ir?” No me salían las
palabras. No sabía que responder. Parecía tonta.
Sin que me diese tiempo a decir nada, me cogió del brazo y
me llevó distintas de las salas de la casa en la que estábamos. Sinceramente no
me acuerdo cuales eran, demasiado que podía andar de un lado para otro.
De repente, paramos de dar vueltas, simplemente me miró y me
dijo “Ven”. Subimos unas escaleras y llegamos a un dormitorio. Había una cama
grande y poca luz. Con todo el cuidado del mundo me cogió para dejarme en la
cama. Boca abajo. En esa habitación solo se oía mi respiración. Sin decir nada
se puso encima de mí, y con esas manos fuertes empezó a acariciarme la espalda.
De arriba a bajo. Por debajo de la camiseta. Se apoyó en mi cintura mientras
puso su cuerpo encima del mío, me apartó el pelo y despacio empezó a besarme el
cuello… Y de pronto desperté.
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