Él está a mi lado. Vamos caminando juntos, pero ni me ha mirado. Ni siquiera hemos intercambiado palabra. De reojo lo miro y él mira al frente mientras camina. Se le marca la mandíbula. Está serio. Es más que eso está enfadado. Y la verdad no se por qué y ahora mismo ni me importa. Ya se le pasará.
Han pasado varias horas desde ese momento incómodo, aunque esté tiempo tampoco ha mejorado, ha habido demasiado silencio. Hay 4 personas más a mi alrededor y ni idea de dónde han salido. Por lo que se ve, no tienen muchas ganas de conversar. Demasiado silencio para mi.
- Me voy a mi casa.
- Te acompaño.
Le miré extrañada mientras se levantaba de ese banco de madera para acercase a mi. No lo entendía, habíamos pasado horas juntos y ni siquiera habíamos hablado.
Volvimos a recorrer ese pasillo incómodo de silencio que antes habíamos atravesado. Pero esta vez era diferente. Me miraba. Yo le miraba a él. Sonreíamos los dos. De pronto me paré, junto a una de esas tantas farolas que iban apareciendo a lo largo de la calle. Y él se paró conmigo. De verdad que no entendía nada. Es todo tan raro, aunque con él todo es raro. Nada tiene sentido.
De pronto, comenzamos a hablar. A reír. Cómo lo echaba de menos. Volvimos al principio de nuestra historia. De golpe volvió aquella sensación que un día se esfumó. Estaba ahí. Era él. No podía resistirlo más. Sin dejar de mirarle me acerqué. Le cogí del cuello suavemente mientras me ponía a su altura y le besé. Mientras me cogía de la cintura y me acercaba aún más a él. Habían pasado varios años desde nuestro último beso. Aún mordiéndole el labio intentando retenerlo, se separó de mi despacio. Así que simplemente me miró y me dijo susurrando:
- Te estaba esperando.