Es sorprendente como, sin esperarlo, conoces a alguien, a alguien que a priori no es nada para ti, comenzáis a hablar hasta que lo convertís en una rutina. Una rutina que la cual te sorprende, porque no te agobia, es más la deseas, y cuando esa rutina no está la echas de menos. Es tan sorprendente que finalmente conoces todo de él, absolutamente todo, y él de ti. Y te gusta. Te gusta que sepa cuando estas mal, o cuando solo con mirarte sabe perfectamente que piensas, aunque ni tu misma lo sepas. Que siempre está para ti, aunque no siempre de la forma que quieras. Te anima, te aconseja, te hace reír y hace que te olvides del resto del mundo. Y es entonces cuando piensas esa horrible frase "yo nunca he querido a nadie" pero de repente te das cuenta, sí que lo has hecho.
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